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jueves, 9 de marzo de 2017

¿APRENDER O APROBAR? ¡ En qué quedamos!

Estupenda reflexión sobre un tema que preocupa a los docentes y que debería preocupar a toda la sociedad. La educacción obligatoria ha perdido su principal esencia. Ya no llevamos a nuestros hijos/as a la escuela para que aprendan y sean personas cultas, ahora lo importante es el aprobado.

¿APRENDER O APROBAR? ¡ En qué quedamos!
¿Para qué sirve la escuela? ¿A qué va el alumnado a ella? Sin duda alguna, a voz de pronto, respondemos que ¡A aprender! Pero en la realidad no está tan claro. ¡Veamos lo que sucede!
Cuando una niña o un niño de infantil viene de la escuela, su padre o madre le pregunta ¿Qué ha aprendido hoy mi niña? Y tras la respuesta, se le alaba y refuerza el interés y el aprender.
Si el niño o niña es de 1º de primaria, la pregunta es la misma ¿qué has aprendido? Y el mismo ritual, valorar el interés y la importancia de aprender, de saber cosas. Incluso en muchas ocasiones le pediremos que nos cuente lo que ha aprendido, manifestando sorpresa por el nuevo conocimiento y dándole valor, reconociendo que se hace mayor por aprender.
A mediados de 2º o en 3º de primaria ya la pregunta cambia. ¿Has aprobado? Y de ahí en adelante esa será la pregunta, ese será el interés ¿has aprobado?, en 5º, en 6º, en 3º de ESO, en bachillerato… ¿has aprobado?, incluso en la universidad. En los últimos años he dado clase a alumnado ya licenciado o graduado, en el Máster de Formación del Profesorado de Secundaria, y cuando proponía alguna lectura que consideraba interesante, la pregunta siempre era ¿se puntúa? ¡Cómo ha calado en todos ese valorar el resultado material, no el intelectual!Hemos sustituido la curiosidad innata del ser humano por aprender, por saber, por un resultado material, que la mayor parte de las veces no va asociado con el aprender duradero.
¿De dónde nos viene esta distorsión del interés por aprender? Nos viene de antiguo, Francisco Ferrer y Guardia, pedagogo (1.859-1.9O9) ya escribía “Los exámenes crean desigualdad, satisfacen el egoísmo y la vanidad de maestros y padres, provocando envidia roedora en los fracasados y son obstáculo para nuevas iniciativas”. En nuestra historia reciente, en los años 70, la EGB pedía que se valorara lo que se sabía para decidir si se aprobaba o no, si se promocionaba de curso o no. En esos tiempos se valoraba en toda la sociedad los datos cuantitativos, era científico aquello que se medía y comparaba. Se pusieron de moda los exámenes cuantificados, objetivamente valorada cada pregunta y hacer la media de las notas para dar los resultados. Eso se hacía siempre, pero no con mucha frecuencia, estábamos preocupados por enseñar y de vez en cuando valorar lo aprendido, calificarlo. En los 90, comenzó a valorarse lo cualitativo, aparece el término “evaluación continua”, es decir, estar continuamente pendiente de lo que sabe cada alumna o alumno, pero se interpretó como “calificación continua”, y se comienza a hacer exámenes con frecuencia, a dar notas, a valorarlas como muy importantes para “aprobar a final de curso”. La presión por aprobar y el querer tener muchos datos para justificar mejor la decisión hizo el resto.
La realidad es que todos, profesorado y familias, hemos puesto nuestra mirada en la nota, en aprobar, lo que nos ha llevado a considerar “el aprobar como máximo objetivo”. Pero ¿aprobar significa saber? (en el próximo artículo reflexionaremos sobre la respuesta), por ahora ir pensando, ir preguntando por saberes ya aprobados, ¿siguen siendo saberes?
Todos valoramos la práctica usual de “materia aprobada, materia eliminada”. ¡Mamá la nueva profesora es muy buena!, si apruebas un trimestre eliminas materia, ya no te tienes que examinar más. Eso se traduce en que ya oficialmente se puede olvidar lo aprendido. ¡Pues no sería tan importante! Entonces ¿por qué mientras unos olvidan a otros se les obliga a “recuperar”, es decir a volver a estudiarlo, a aprenderlo temporalmente hasta que se apruebe. Para después oficialmente poderlo olvidar. ¡¡Vaya coherencia!!… ¡Un poquito de porfavor!
Ahora profundicemos un poco más en las consecuencias de esta “desafortunada e innecesaria” práctica de tanto calificar:
Por una parte, hemos pervertido el objetivo de los centros educativos, hemos derivado el interés por saber al interés por aprobar, máximo objetivo a conseguir. Estudiar y aprender es para aprobar y para sacar nota, no para aprender más, no para saber más, que esa ha sido la aspiración humana que nos ha hecho evolucionar y salir de las cavernas. Cuando una profesora o profesor quiere que su alumnado profundice en algo, cuando quiere motivarlo ha de poner la nota por medio, ya que el alumno o alumna siempre pregunta ¿sube la nota? ¿cuánto vale? Entre todos hemos conseguido alejar a nuestros hijos e hijas, a nuestro alumnado de la curiosidad, del placer de aprender y de saber…
Por otra, parte hemos centrado el interés del alumnado (de la sociedad en general, ya que todos hemos sido alumnos o alumnas durante mucho tiempo) en “tener”, en obtener resultados, en la nota. No en el “ser”, ser personas, ser cultos, estudiar por el placer de saber, de saber más, … Entre todos hemos materializado el conocimiento, ¿tendrá esto algo que ver con este mundo tan interesado, tan centrado en lo material? ¿Cuánto te pagan en el trabajo, preguntamos? Y no preguntamos si te gusta, si eres feliz, si haces feliz a lo demás…
Y una tercera posible consecuencia. Cuando nos traen la nota a casa tras hacer un examen ¿preguntamos si esa nota se ha conseguido de forma ética? ¿preguntamos si se ha copiado? Es más, cuando nuestros hijos son más grandes les vemos preparar las “chuletas para el examen” y nos reímos, a veces bromeamos sobre cómo hacerlas mejor… Entre compañeros y compañera se alaba a quien se copia sin que lo cojan. ¡¡Y después nos escandalizamos de tener una sociedad corrupta, y de que votemos a corruptos!!
No os olvidéis que….


¡¡QUE SEÁIS FELICES Y HAGÁIS FELICES A QUIENES OS RODÉAN!!
Juan de Dios Fernández Gálvez, jubilado activo
Ex Orientador escolar y Profesor colaborador extraordinario UGR
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